Las reliquias del campanario de Natá

Parque central de Natá de Los Caballeros
Parque central de Natá de Los Caballeros / Instagram: @IsaiasCedeno

Coclé, Panamá/El paso al campanario estaba prohibido, pero no habría viajado más de 150 kilómetros, desde la Ciudad de Panamá para sólo verlo por fuera. ¡Tenía que entrar!. Hallar una estrategia iba a ser complicado. La iglesia estaba llena de feligreses. Si uno me descubría, sería tan terrible como ir a un juicio papal, o algo parecido.

Para distraer las miradas que las señoras del rosario de la tarde, se me ocurrió hacer un recorrido por la iglesia; el religioso recorrido de un visitante. El templo de Natá de Los Caballeros es un museo del arte barroco. Su nombre original es Santiago Apóstol de Natá. Para la época de la conquista española, a este pueblo llegaron un centenar de caballeros reales, que custodiaban los sitios colonizados.

Dentro de la iglesia hay una decena de altares de madera tallada, que a simple vista parecen ser los habituales del arte religioso de la época. Pero el ojo de una viajera local descubrió que estos altares están decorados con frutos regionales, como el níspero y ciruelas. Es algo muy inusual en este tipo arte de corte europeo.

En las paredes de esta iglesia cuelgan retratos centenarios. Entre las obras, hay uno pintado por el ecuatoriano Joseph Samaniego, que es -según locales- el más importante de todo el templo. Fue creado sobre cuero animal y pan de oro, posee la misma técnica que utilizó DaVincci para la Mona Lisa (para dónde sea que te muevas, los ojos de retrato te persiguen). Es la representación de La Santísima Trinidad. Da miedo, lo prometo.

Camino a la cúpula del campanario de Natá
Camino a la cúpula del campanario de Natá / Instagram: @IsaiasCedeno

Recorriendo el templo, poco a poco logré llegar hasta la puerta del campanario. La encontré entreabierta. Lo aproveché. Al pasar la puerta te sorprende un túnel tenebroso. Todo está oscuro y hay murciélagos. Por momentos se escuchar ruidos extraños, como provenientes de catacumbas. El recorrido es corto, pero la adrenalina lo hace muy largo.

A medida que subía las escaleras la oscuridad va menguando. Se pasa de la tiniebla a la penumbra, y el camino angosto se hace cada vez más amplio. Y de un momento a otro, aparecen ventanas en la torre. Eran pequeñas, con un arco en la parte superior, pero colocadas de tal manera que era muy incómodo asomarse. Estaban desnivel con las escaleras. En cuento encontré una más cómoda, asomé la cabeza. Lo que vieron mis ojos fue realmente hermoso: Desde el campanario se logra una vista panorámica del pueblo, que no se puede obtener en ninguna otra parte.

Pero lo que esperaba, en la cúpula del campanario era todavía mejor. Desde arriba se ven todos los colores del pueblo; sus rojos arcilla, verdes y azules. Sus flores que crecen con poca agua, el sol caliente y la brisa que refresca. Me senté en el borde de una de las ventanas. Frente a mí estaba el Parque Central, colorido y tranquilo. Los portales del pueblo, la señora vendiendo lotería y el anciano afilando su machete. Las campanas estaban están intactas, a pesar de los cientos de años que tienen de haber sido fabricadas y el piso de la torre es el original: de ladrillo de arcilla.

Fue realmente precioso, ese pequeño momento que disfruté a solas, en el campanario de la iglesia de Natá. Al rato escuché voces, pensé que se trataban de las señoras del rosario de la tarde, que vendrían a bajarme atado de pies y manos, como todo un bandido; pero no. Era una pareja de viajeros australianos, que venían en busca de las reliquias del campanario de Natá.

Las reliquias que estábamos buscando.
Las reliquias que estábamos buscando. / Instagram: @IsaiasCedeno

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