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Tendido en el suelo, el elefante Gengis Khan lucha en vano por ponerse en pie, pero solo consigue girar sobre sí mismo una y otra vez. La escena hace temer que se convierta en el vigésimo paquidermo de la región keniana de Amboseli en sucumbir a un misterioso mal.
Inclinados sobre él, veterinarios le inyectan glucosa, un paliativo ante la falta de respuestas sobre qué está matando a este joven macho de 11 años, de ojos enrojecidos y respiración dificultosa.
Las manadas de elefantes han dado fama a esta región de sabana del sur de Kenia, dominada por el majestuoso Kilimanjaro, la cumbre más alta de África, que se eleva al otro lado de la frontera con Tanzania.
Desde finales de junio, al menos 19 elefantes, sobre todo hembras o jóvenes, han muerto allí tras presentar los mismos síntomas, en particular una parálisis parcial que les impedía mantenerse en pie.
“Caminan y respiran con dificultad, están agitados”, describe Patrick Papatiti, jefe de operaciones de las tierras comunitarias de Olgulului, que albergan la reserva de Kitenden B, donde Gengis Khan agoniza.
Cuando “ya no pueden caminar” o mantenerse en pie, “se tumban”. Algunos “luchan un día, dos o tres días, hasta que mueren”.
A finales de julio, el Servicio de Vida Silvestre de Kenia (KWS) indicó que había detectado altas concentraciones de cianuro en los cadáveres de los elefantes, lo que apunta a un posible envenenamiento por pesticidas tras consumir frutas procedentes de explotaciones agrícolas cercanas.
No obstante, varios especialistas consultados por la AFP descartan la hipótesis de los pesticidas.
“Es una enfermedad”, sostiene Patrick Papatiti, aunque admite que aún no sabe cuál. “¿Por qué quienes deberían estar esforzándose por resolver el problema ignoran esta pista?”, se pregunta.
“Aquí no se utiliza cianuro en ninguna parte”, asegura Papatiti, una de las pocas voces locales que rechazan públicamente las conclusiones preliminares del KWS. También subraya que no se han hallado otros animales muertos.
En particular, destaca la ausencia de carroñeros fallecidos, que generalmente sucumben cuando consumen cadáveres abatidos por flechas envenenadas por cazadores furtivos.
“Si ningún otro animal que se alimenta de carroña ha muerto, entonces no es un producto químico”, afirma a la AFP Joel Nyika, responsable del ecosistema de Amboseli, en el condado de Kajiado.
Nyika rechaza también la hipótesis, planteada igualmente por el KWS, de que el cianuro haya podido provenir de una planta forrajera, ya que el ganado de las comunidades locales también habría muerto. En cambio, se inclina por “una enfermedad que solo afecta a los elefantes”.
Por ahora, el KWS ha descartado que se trate de una enfermedad contagiosa y ha instado a los turistas a seguir visitando la región con normalidad.
En la cercana reserva de Kimana, periodistas de la AFP observaron el miércoles seis cadáveres de elefante, algunos más recientes que otros. Los guardas indicaron que los animales presentaban los mismos síntomas, incluida una parálisis parcial que les impedía mantenerse en pie.
Algunas muertes se remontaban apenas a unos días.
El cadáver de una cría de elefante de dos meses, asediada por las moscas, yacía medio devorado por las hienas.
Sobre el cadáver de una elefanta, muerta poco antes del término de su embarazo, se alimentaba una decena de buitres.
Consultada por la AFP, Paula Kahumbu, presidenta de la fundación Wildlife Direct, destacó la “falta de pruebas” que respalden la tesis de los pesticidas. Subrayó que pocos elefantes machos adultos han muerto, pese a que son ellos los que más atacan los cultivos.
Papatiti también rechaza la idea de un envenenamiento deliberado planteada por algunos y considera que la prioridad es “saber qué está matando a nuestros elefantes”, más que “perder el tiempo buscando culpables”.
El asunto es especialmente delicado en un país que ha hecho de su fauna salvaje una imagen de marca y una importante fuente de ingresos turísticos.
Contactadas por la AFP, diversas organizaciones de protección del medioambiente se negaron a pronunciarse sobre el tema, salvo para pedir una investigación. Los guardas de la reserva de Kimana dijeron no estar autorizados a expresarse.
Papatiti teme que el número de elefantes muertos esté subestimado y que el mal afecte también a paquidermos en la vecina Tanzania.
“¿Cuántos elefantes van a morir antes de que podamos detener esto?”, se pregunta, mientras expresa su preocupación por la posibilidad de que una eventual enfermedad pueda transmitirse al ganado e incluso a los seres humanos de las comunidades locales.