Una Luz de Esperanza
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Las Olimpiadas de Matemática funcionan con una premisa fija: todos los competidores de una misma categoría resuelven el mismo problema, bajo un formato que los equipos internacionales conocen de antemano.
Esa premisa no aplica en Abia Yala, una comunidad Guna en las afueras de la ciudad de Panamá. Ahí, un salón de 25 niños puede reunir 25 niveles distintos de aprendizaje: mientras uno de 12 años todavía batalla con la suma, otro menor ya está listo para multiplicar.
Ese contraste fue justamente lo que atrapó a Oliver Syrkin.
El joven que dedica parte de su tiempo a competencias matemáticas, el año pasado ganó bronce en la Olimpiada Panameña de Matemática, en marzo participó en el Torneo Internacional de Ciudades en Rusia, en mayo se llevó el oro para Panamá en la XXXII Olimpiada de Mayo (Argentina), y en agosto fue uno de los tres estudiantes que representaron al país en la Olimpiada Matemática de Centroamérica y el Caribe, en Durango, México, y un proyecto que aplica esa misma lógica de resolución de problemas a un contexto muy distinto.
Dejar de mirar la edad
Desde 2025, a través de Fundación Raíz, Oliver y su equipo comenzaron a atender a niños de Abia Yala cuya edad, comprobaron, no era un buen indicador de lo que sabían.
La solución fue cambiar el punto de partida. Con Claude Code, el equipo diseñó una evaluación rápida capaz de identificar fortalezas y vacíos en aritmética, fracciones, decimales y porcentajes. A partir de ahí, los niños se agrupan por dominio real de los temas, no por grado escolar, y esos resultados marcan la ruta de cada uno.
El siguiente paso fue construir un sistema de tutoría personalizado, montado sobre el currículo oficial de Meduca pero incorporando vocabulario Guna y ejemplos de la vida diaria. El sistema genera problemas, evalúa las respuestas y ajusta el siguiente ejercicio según el resultado, con el objetivo de que un solo salón funcione, en la práctica, como varios salones adaptados a cada estudiante.
Matemáticas con nombre y apellido locales
También cambió el tipo de problema que se plantea.
En lugar de ejercicios abstractos, el equipo alimentó el sistema con escenarios reconocibles para los niños: comprar una rebanada de pizza, calcular el vuelto en un puesto de comida, vender una mola. Para niños que suelen percibir las matemáticas como algo lejano de su realidad, ese cambio de referencia parece haber modificado también la manera en que se relacionan con la materia.
El resultado, dice Oliver, se notó rápido: niños que pedían problemas más difíciles, que se quedaban conversando después de las sesiones, y que luego empezaron a escribir por WhatsApp e Instagram preguntando cuándo volvería el equipo de Raíz.
"Sabemos que no podemos reemplazar la escuela", dice Oliver. "Pero sí podemos ayudar. Y con IA y problemas del mundo real, podemos mostrarles por qué las matemáticas realmente importan."
Lo que viene
El proyecto no se detuvo en su primera fase. De cara a su segundo año, el equipo sigue ajustando las evaluaciones, la estructura de las lecciones y la plataforma con apoyo de inteligencia artificial, y ya se prepara para extender las visitas regulares a otra comunidad indígena.
La pregunta que ahora persigue Oliver ya no es solo si los niños mejoran o disfrutan las sesiones, sino cuánto aprenden realmente y si eso transforma su relación de fondo con las matemáticas. Las visitas repetidas permitirán volver a evaluarlos, medir el progreso y ajustar cada lección según lo que ocurrió en la anterior.
Ahí, dice, convergen sus dos mundos: las Olimpiadas le enseñaron a identificar patrones, cuestionar supuestos y probar nuevos caminos cuando la solución evidente no funciona, las mismas herramientas que ahora aplica para demostrar que la excelencia matemática también es posible en una comunidad indígena, si se está dispuesto a cambiar la forma de enseñar.