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Ciudad de Panamá, Panamá/El cáncer de pulmón representa uno de los mayores desafíos para los sistemas de salud en el mundo. Su comportamiento agresivo y su diagnóstico tardío lo han convertido en la principal causa de muerte por cáncer a nivel global, una realidad que también golpea con fuerza a Panamá.
Cada año se reportan 2.4 millones de nuevos casos y 1.8 millones de muertes en el mundo, lo que equivale al 18.7 % de todas las defunciones por cáncer. En América Latina, se registran más de 97 mil nuevos casos y 86 mil muertes anuales, consolidándose como la principal causa de muerte oncológica en la región.
En Panamá, la situación es igualmente preocupante: se diagnostican alrededor de 370 nuevos casos y más de 300 defunciones cada año, lo que ubica al cáncer de pulmón como el cuarto más letal del país.
Este tipo de cáncer se origina en los pulmones y puede diseminarse rápidamente a los ganglios linfáticos y a otros órganos vitales como los huesos o el cerebro. Existen dos tipos principales: el cáncer de pulmón de células no pequeñas y el de células pequeñas, cada uno con comportamientos distintos. Además, presenta características genéticas específicas, conocidas como biomarcadores, que influyen en la progresión del tumor y en la selección del tratamiento.
El tabaquismo sigue siendo el principal factor de riesgo, responsable del 64% de los casos y del 79% de las muertes, además de concentrar cerca del 80 % de los costos médicos asociados a la enfermedad. A esto se suman la exposición al humo de segunda mano, la contaminación ambiental, el humo de leña, sustancias tóxicas y enfermedades respiratorias como la EPOC, que aumenta entre dos y seis veces el riesgo de desarrollar cáncer de pulmón.
Uno de los mayores problemas es que los síntomas —tos persistente, dificultad para respirar, dolor en el pecho, cansancio extremo o pérdida de peso— suelen confundirse con afecciones respiratorias comunes. Como consecuencia, el 85 % de los casos se diagnostica en etapas avanzadas, cuando las opciones terapéuticas son más limitadas y el pronóstico es menos favorable. En muchos casos, los pacientes pueden esperar hasta seis meses para iniciar tratamiento tras recibir el diagnóstico.
La detección temprana marca la diferencia. El diagnóstico oportuno, a través de exámenes físicos, pruebas de laboratorio, estudios por imágenes, tamizaje y tecnologías avanzadas como la inteligencia artificial aplicada a imágenes de tórax, permite identificar la enfermedad en etapas iniciales, cuando es más tratable y curable, reduciendo la mortalidad y mejorando la supervivencia.
El tratamiento puede incluir cirugía, quimioterapia, radioterapia, inmunoterapia, terapias dirigidas, medicina de precisión, terapia con láser y terapia fotodinámica, ajustadas al tipo y estadio del tumor. En este campo, compañías como AstraZeneca impulsan el desarrollo de terapias innovadoras y personalizadas, orientadas a mejorar los resultados clínicos y la calidad de vida de los pacientes.
Invertir en prevención, detección temprana y acceso oportuno a tratamientos es clave para cambiar el curso de una enfermedad que no avisa, pero que sí puede detectarse a tiempo.