Viernes Santo: Lavado de la Cruz en el río al amanecer, el rito centenario que mantiene viva la fe en Parita

No está en los libros de texto ni figura en los circuitos turísticos más visitados del país. Sin embargo, el Lavado de la Cruz, que se celebra en Parita cada Viernes Santo desde hace décadas y se retomó en 2014, es una de las expresiones de fe popular más auténticas y singulares que conserva Panamá. Una tradición que sus propios fieles decidieron rescatar.

El Lavado de la Cruz sigue una estructura transmitida de forma oral y práctica, y posee un significado definido dentro de la fe católica, especialmente en el contexto del Viernes Santo como día de la redención. La cruz utilizada es la misma que se expone durante la Cuaresma en la Piedra del Perdón. A las cinco de la mañana del Viernes Santo, tres hombres la cargan sobre sus hombros, distribuyéndose según la forma del madero: dos en los extremos del travesaño horizontal y uno en la parte inferior del vertical. / Imagen creada con inteligencia artificial (Gemini)

Parita, Herrera/Cada Viernes Santo, a las cinco de la madrugada, un grupo de feligreses de la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán de Parita carga una cruz de madera sobre sus hombros y camina en silencio hasta el río Parita.

Allí, la introducen en el agua y la lavan con sus propias manos. El recorrido dura entre quince y veinte minutos, y el regreso al templo ocurre antes de las siete de la mañana. No hay música, ni discursos, ni amplificación: el acto se desarrolla completamente en silencio.

Se trata del Lavado de la Cruz, una tradición religiosa con más de un siglo de antigüedad que, según sus practicantes, no tiene registro en ningún otro lugar de Panamá.

Origen incierto, antigüedad confirmada

Joaquín de León, feligrés y participante de la tradición, explicó que no existe un registro escrito que determine con precisión su origen ni quién la instituyó. La propia comunidad reconoce esta incertidumbre.

“Desde hace muchos años, más de un siglo, se realizaba (...) Esta es una tradición única en Panamá”, afirmó.

Lo que sí permanece claro en la memoria colectiva es su continuidad histórica, aunque con algunas interrupciones. Según De León, durante las décadas de 1940 y 1950, por diversas razones, el ritual llegó a realizarse el Jueves Santo en la tarde, en lugar del Viernes Santo en la madrugada, práctica que posteriormente fue corregida.

"Creo que hay más sentido porque el Viernes Santo es el día de la redención, y el Día del Madero, en el que Cristo muere en la cruz", indicó De León. El feligrés también señaló que la tradición estuvo inactiva durante varios años, hasta que en 2014 fue retomada por un grupo de devotos, quienes investigaron con personas mayores de la comunidad para reconstruir el procedimiento original.

"Por algunos años que no se hacía, pero el pueblo con ese tiempo, y los que tuvieron, pues el agrado de rescatar la tradición, investigaron con las personas mayores, inclusive mucha gente que había participado en su tiempo", dijo.

¿Cómo se desarrolla el ritual?

El Lavado de la Cruz sigue una estructura transmitida de forma oral y práctica, y posee un significado definido dentro de la fe católica, especialmente en el contexto del Viernes Santo como día de la redención.

La cruz utilizada es la misma que se expone durante la Cuaresma en la Piedra del Perdón. A las cinco de la mañana del Viernes Santo, tres hombres la cargan sobre sus hombros, distribuyéndose según la forma del madero: dos en los extremos del travesaño horizontal y uno en la parte inferior del vertical.

La procesión parte desde la iglesia, recorre la avenida Santo Domingo, continúa por la calle Quinta, pasa frente a la capilla de Papachú y llega al balneario del río Parita, en Palo Grande. Durante todo el trayecto, el silencio es absoluto; incluso los relevos se realizan sin palabras, mediante un leve toque a la cruz que indica el cambio de portador.

Al llegar al río, los participantes ingresan al agua con la cruz y la colocan con una orientación específica: la parte superior hacia aguas arriba y la inferior hacia aguas abajo. Luego, la lavan manualmente. Finalizado el ritual, regresan por el mismo camino y, antes de las siete de la mañana, la cruz ya se encuentra nuevamente en el templo.

Más allá de su desarrollo, el acto tiene un carácter profundamente penitencial y comunitario. Según Joaquín de León, el ritual funciona como un gesto de reconocimiento de las culpas de la comunidad, que antecede a la conmemoración de la muerte de Cristo horas más tarde.

“Más que un rito, es un acto penitencial. En la cruz, Cristo lava nuestros pecados; es el día de la redención y primero se lleva la cruz al río para ese reconocimiento de culpas, que luego Cristo redime con su muerte”, explicó.

Este sentido también se refleja en el silencio que acompaña la procesión, entendido como un espacio de reflexión personal. La actividad es de participación abierta: personas de todas las edades acompañan el recorrido, aunque la carga de la cruz recae únicamente en varones voluntarios que conocen la dinámica del ritual y se organizan de manera espontánea. "Totalmente voluntarios. Los que asistimos ya sabemos cómo se va a tomar la cruz, cuándo se toma, cómo se trae y se lleva", indicó.

El contexto: Parita y su herencia colonial

La Iglesia de Santo Domingo de Guzmán de Parita, declarada Monumento Histórico Nacional, es una de las edificaciones coloniales mejor conservadas del interior del país.

En este entorno, el Lavado de la Cruz forma parte de un conjunto de tradiciones religiosas que han perdurado por generaciones, consolidando a Parita como uno de los principales referentes de la Semana Santa en Panamá. Para De León, la vigencia de estas prácticas depende de que se mantengan desde la fe y no como espectáculo. También considera que su difusión puede contribuir a preservarlas, siempre que se comprendan desde su dimensión espiritual.

"Todas las tradiciones nos tienen que llevar a Dios, a la Iglesia, al altar, pero no podemos tener tradiciones que simplemente sean un mero formalismo, show o acontecimiento externo, y que no vayan acompañadas de tu fe personal y de tu convicción religiosa. Definitivamente, todas estas tradiciones a la final salen de la Iglesia, pero vuelven a la Iglesia", señaló.

Al mismo tiempo, el feligrés reconoció que dar a conocer estas prácticas puede contribuir a su preservación, siempre que quienes se acerquen lo hagan con disposición genuina. "El turismo religioso es muy bonito, pero tiene que ser un turismo que se te adentre a ti, que te llegue a tu corazón, que llegue a tu alma, y sea un motivo siempre de un cambio personal", indicó.

En un país donde muchas tradiciones luchan por mantenerse frente al paso del tiempo, el Lavado de la Cruz de Parita persiste sin estridencias, sostenido únicamente por la fe de quienes lo practican. En el silencio de la madrugada y en el gesto repetido cada año, la comunidad no solo conserva una costumbre centenaria: reafirma una forma de entender la devoción que no necesita ser vista para seguir viva.

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