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En medio de calles de tierra y viviendas humildes del corregimiento de Belisario Frías, en el distrito de San Miguelito, cada mañana se enciende un fogón que va mucho más allá de preparar alimentos: alimenta esperanza.
Se trata del comedor infantil “Mi Primera Cremita”, un espacio comunitario levantado con esfuerzo, donaciones y voluntad, donde decenas de niños reciben su primer bocado antes de ir a la escuela.
Detrás de esta iniciativa está Shirley, una mujer que convirtió su propia historia de dificultades en una misión de vida.
Hace diez años, Shirley llegó a Panamá desde Colombia con sus dos hijos pequeños. Sin apoyo y con muchas limitaciones económicas, vivió momentos en los que incluso conseguir comida era un reto diario.
Esa experiencia marcó el origen del comedor.
“Yo pasé momentos difíciles, a veces no teníamos qué comer. Por eso decidí ayudar a otras madres que pudieran estar pasando por lo mismo”, cuenta mientras prepara desayunos calientes, el alimento que muchas veces representa lo único que comen los niños.
Lo que hoy es un pequeño recinto a orilla de la vereda comenzó hace ocho años con apenas una silla y mucha voluntad.
Poco a poco, con actividades para recaudar fondos, apoyo de amigos, donaciones y el trabajo conjunto de madres y padres de familia, lograron construir el espacio.
“Vendemos arroz con leche, chicha, hacemos actividades. Así compramos lo que podemos. También hay personas que nos donan alimentos”, explica.
El comedor no tiene un número fijo de beneficiarios. Todo depende de los recursos disponibles.
Aun así, la puerta nunca se cierra.
Desde temprano, los niños comienzan a llegar. Algunos caminan desde sectores cercanos, otros vienen incluso de comunidades aledañas como Valle de Urracá.
El menú varía según lo que haya: hojaldres, avena, salchichas, arroz, carne o pollo. Pero el objetivo es siempre el mismo: que ningún niño vaya a la escuela con el estómago vacío.
Para Shirley, la recompensa no es económica.
“Mi mayor ganancia es la sonrisa de ellos”, afirma.
Entre los rostros que pasan por el comedor hay historias que impulsan a no rendirse. Como la de una madre de siete hijos, cuyos niños destacan como cuadros de honor, o la de una joven universitaria que tuvo que abandonar sus estudios por falta de recursos.
“Hay niños muy inteligentes aquí. Yo sé que en unos años van a salir profesionales, abogados… hasta una presidenta”, dice con convicción.
El comedor funciona casi en su totalidad gracias a donaciones y al esfuerzo comunitario, por lo que constantemente enfrentan limitaciones.
A pesar de ello, cada día logran servir desayunos y, en ocasiones, también almuerzos.
En un contexto donde muchas familias deben elegir entre pagar el transporte o dar desayuno a sus hijos, iniciativas como “Mi Primera Cremita” se convierten en un salvavidas silencioso.
Una historia que demuestra que, incluso en medio de la adversidad, la solidaridad puede cambiar vidas… empezando por un plato de comida.
Información de Fabio Caballero