Tierra Lejana
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Ciudad de Panamá, Panamá/La violencia que golpea a Panamá también está alcanzando a los menores. Algunos terminan siendo víctimas, otros son reclutados para entrar en el mundo del crimen.
Y mientras las balas cambian sus vidas, hay madres que enfrentan el dolor más grande: perder a un hijo. ¿Cómo llegan estos jóvenes hasta aquí y quiénes los están utilizando?
Diomedes y José, dos hermanos de 14 y 17 años, salieron de casa y nunca más regresaron.
Era el 16 de septiembre de 2024. Todos los vieron partir, pero nadie imaginó que aquella salida sería la última vez que los verían.
Casi dos años después regresamos a Pacora. Esta vez fue su madre, Natezira Quintero, quien nos abrió las puertas de su casa. La encontramos con la misma pregunta que la acompaña desde aquel día: ¿Dónde están sus hijos?
Quiere encontrarlos, aunque sea para recuperar sus restos, sepultarlos y tener un lugar donde llevarles flores.
La historia de Natezira es una de muchas que tienen como escenario barrios donde la violencia dejó de ser una amenaza ocasional y se convirtió en parte de la vida cotidiana.
La delincuencia juvenil ya no puede mirarse únicamente desde las estadísticas. Detrás de cada menor víctima o involucrado en un delito hay un entorno, una familia y, muchas veces, una cadena de carencias que comenzó mucho antes del primer disparo.
Julio Alonso, abogado-criminólogo, indicó que estos son niños y que una madre no puede llorar cuando le asesinan a su hijo robando, ya que ella no lo supo guiar. Indicó, además, que estamos criando mal a menores que son el futuro y que están siendo captados por las bandas criminales para cometer delitos graves.
Tienen la edad de la inocencia, pero el prontuario de un adulto. Es la realidad de muchos menores infractores que permanecen en el Centro de Cumplimiento. Son alrededor de 234 los que pagan por los delitos que cometieron. Son jóvenes entre los 15 y 17 años.
Pero la violencia también alcanza a las niñas.
Durante nuestra visita al Centro de Custodia y Cumplimiento Residencia Femenina, encontramos a 11 jóvenes.
La menor tiene 16 años. Algunas cumplen sanciones y otras permanecen a órdenes de la justicia mientras se determina su responsabilidad.
También hay casos por homicidios múltiples.
Hasta julio de 2026 se contabilizan 3 mil 22 denuncias contra menores:
Y cuando recorremos comunidades como Cerro Cocobolo, encontramos el otro rostro de esta violencia.
Detrás de las estadísticas hay madres que perdieron hijos, familias que tuvieron que cambiar su manera de vivir y hogares donde el miedo se convirtió en rutina.
Es la historia de Maricela Valencia, residente en Cerro Cocobolo desde hace 44 años.
A ella la violencia le arrebató a dos de sus hijos: uno tenía apenas 14 años.
Maricela Valencia contó a TVN Noticias cómo le asesinaron a dos de sus hijos a sangre fría: uno de ellos de 14 y el otro cuando era adulto. Uno de sus conocidos le disparó en medio de una pelea por un celular. Esto ocurrió hace 4 años y las heridas siguen vivas. Ella recuerda como si fuera el primer día cuando acabaron con sus hijos. Indicó que es un dolor profundo que no sana fácilmente. Ella se ha visto en la obligación de sacar del barrio a uno de sus hijos por miedo a que lo puedan matar las pandillas.
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El testimonio de Maricel se suma al de muchas madres que han perdido a un hijo en medio de la guerra de pandillas, donde algunos de los protagonistas son menores de edad.
San Miguelito es uno de los territorios donde esta realidad se hace visible: 36 menores han sido asesinados este año y 17 han sido detenidos con armas de fuego. Además, tras establecerse un toque de queda, alrededor de mil menores han sido aprehendidos por incumplir esta medida.
¿Pero qué está llevando a estos niños y jóvenes hacia este mundo?
¿Qué sanción recibe un menor según su edad?
12 a 14 años
15 a 17 años
Mientras el debate continúa, para madres como Natezira el tiempo pasa sin respuestas.
Y es aquí donde las historias de estas madres vuelven a encontrarse.
Porque detrás de un menor asesinado o de un adolescente que termina involucrado en un delito, hay una historia que comenzó mucho antes: en hogares marcados por la pobreza, la desintegración familiar, la deserción escolar y, sobre todo, por la falta de oportunidades.
Las entrevistas con estas madres muestran una constante: niños que crecen en comunidades donde la violencia está cerca, pero donde las oportunidades para salir de ella parecen cada vez más lejos.
Los expertos coinciden en que la respuesta no puede limitarse al castigo.
Hace falta intervenir antes: fortalecer a las familias, crear oportunidades y acompañar a estos niños antes de que una pandilla termine ofreciéndoles lo que su entorno no pudo darles.