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El amor en tiempos del coronavirus

Coronavirus/Getty
Coronavirus/Getty
Fernando Martínez
22 de mayo 2020 - 16:22

La Pandemia del COVID-19 ha puesto en evidencia el viejo axioma de que las crisis, sean globales, regionales, nacionales, de grupos o individuos, sacan lo peor y lo mejor de las personas.

Allí están, de un lado las acciones de heroicidad de quienes, desde las primeras trincheras, libran batallas contra el virus y del otro, los que ven en la urgencia y la tragedia la oportunidad para sacar provecho personal. De un lado los que han salido de todos los rincones a tender su mano a aquellos sin pan o sin abrigo o a los enfermos, y del otro, los que repudiaron a los contagiados, a los médicos y enfermeras, los que, en medio del sufrimiento colectivo, blandieron las banderas de la xenofobia, la discriminación e intolerancia.

También los gobernantes han tenido la oportunidad de sacar a relucir lo mejor y lo peor de sí. Según la OMS, Alemania, Corea del Sur, Japón, Nueva Zelanda y Finlandia están entre los que mejor lo han hecho. Mientras, los señores Trump y Bolsonaro, negadores de la ciencia, lo han hecho todo mal y su egoísmo político e irresponsabilidad ha colocado a sus países como punteros en contagios y muertes en el continente. Solo EU, con el 4% de la población del mundo, posee (al momento de hacer esta nota) el 30% de todas las muertes por la pandemia en el mundo y la cifra va en aumento.

La crisis, en otros terrenos, también ha servido de tinglado de viejos enemigos: ciencia vs ignorancia, individualismo vs solidaridad, vida vs capitalismo salvaje, salud pública vs privatización del servicio. También nos ha hecho volver la mirada sobre la inhumanidad de sacramentales mitos sistémicos. El peligro de la muerte tiende a igualarnos, aunque sólo sea por breves momentos. De pronto, cosas distintas, que no se pueden comprar con dinero, cobran un valor inesperado, “para todo lo demás existe master card”. Los besos, los abrazos, los ritos del amor presencial, de la amistad, las reuniones, han sido condenados por el “distanciamiento social”, convertido en norma rectora de nuestra conducta, no sabemos por cuanto tiempo. El amor en tiempos de coronavirus, cada vez mas ajeno a los rituales de la pasión humana, se volvió “virtual”.

La crisis ha trastocado todos los ámbitos de la vida y elevado al tope los niveles de incertidumbre sobre lo que algunos han llamado “el regreso a la nueva normalidad”. Frase tan contradictoria como absurda: no se puede regresar a lo que todavía no ha llegado y lo que sea que ocurra mañana, será cualquier cosa, menos normal. De manera que, “el retorno a una nueva normalidad” pasará -eso espero- a ser una frase sonora sólo explicable a la luz de la confusión que reina en este oscuro momento de nuestra historia.

En el plano del debate político, instituciones despreciadas por las corrientes mas radicales del pensamiento dominante actual recobran inusual importancia. “Papá Estado” (léase: los ciudadanos y sus instituciones representativas), lo que queda del llamado “Estado de Bienestar” en algunos países, reaparecen como tabla de salvadora de la debacle. En palabras del presidente de Francia, Emmanuel Macron: “lo que ha revelado la pandemia es que la salud gratuita, nuestro estado de bienestar, no son costos o cargas, sino bienes preciosos y que este tipo de servicios deben estar fuera de las leyes de mercado”.

El carácter público y universal de la salud, definida, no como ausencia enfermedad, sino como condiciones para el disfrute de la vida, de bienestar de las personas, le ha propinado un bofetón en el rostro de quienes pretendieron la privatización del sistema, convirtiendo la salud humana en una mercancía más. En España, donde este proceso había avanzado impulsado por las derechas recalcitrantes, el Estado se vio forzado a intervenir los hospitales privados. En países como los Estados Unidos, las debilidades de un sistema sanitario en el que -mas de 30 millones de ciudadanos no tienen seguro de salud- la atención de salud no existe si no tienes dinero para pagar (así estés agonizando en la puerta de un hospital), facilitaron la expansión rápida de la pandemia e hicieron posible que el virus se ensañara contra los mas pobres, los afroamericanos, los latinos, los inmigrantes.

“Lavarse las manos salva vidas…” reza un lema de la campaña contra la pandemia. ¿Cómo lo hacen los tres mil millones de personas que en el mundo no tienen acceso a agua potable? “Quedarse en casa salva vidas…” ¿Y los mil ochocientos millones que no tienen una casa dónde quedarse? Por ejemplo, en Estados Unidos, medio millón de personas viven en las calles.

En uno y otro lugar la pandemia ha multiplicado y multiplicará la desigualdad de este cada vez mas desigual mundo. Millones de individuos que antes tenían los medios para mantener a sus familias, están siendo empujados debajo de la llamada línea de la pobreza, son personas entrando a disputar las cada vez menores migajas que el sistema tiene reservado para los que ya eran pobres antes de la pandemia. Ellos, ahora sin ingresos, provocarán la contracción del consumo, lo que, a su vez, limitará el mercado y la capacidad de recuperación de las empresas, lo que a su vez…

Las apuestas salvadoras de muchos de gobiernos como el nuestro lucen torpes e insuficientes. Ahora menos que antes, funcionarán las recetas de las IFIs. No se trata solo de conseguir prestamos para reactivar la misma economía de antes de la pandemia, el mismo modelo basado en el crecimiento económico, las mismas “políticas”, los mismos planes, la misma gobernanza, la misma corrupción. El mundo no será el mismo por mas que algunos se pudran de nostalgia. Podrá ser mejor o peor, dependiendo, en buena medida de lo que hagamos. Falta visión y creatividad y, además, no se está dimensionando adecuadamente el impacto del vendaval que se avecina, ni se toma en cuenta el peligro que representa la debilidad de las instituciones del Estado que deberán, además de intervenir en la crisis, garantizar y organizar numerosos aspectos de la vida económica, social y política. Es decir, no es sólo el qué hacer, sino el cómo, con qué, con quiénes lo hacemos.

La mayor de las debilidades es la falta de credibilidad y confianza de la población. La creencia de que los gobiernos, los tribunales de justicia, los diputados, son corruptos hasta que se demuestre lo contrario, constituye la principal amenaza a la inestabilidad del país.

La otra amenaza, es la perdida de la ética como elemento de cohesión del tejido social, lo que ha provocado que la población no tenga y ni comparta objetivos comunes: los que estudian, los que se esfuerzan y trabajan, los que son honestos y procuran el bien, lo hacen basados en valores. Sin ellos, estamos perdidos.

Y la tercera, el abandono de la participación ciudadana como herramienta esencial de la democracia y su sustitución por un sistema clientelista en el que se antepone el “que hay para mí” a la organización de los individuos en la solución de sus problemas.

Para los políticos del patio siempre ha sido mas conveniente repartir jamones que organizar a las comunidades en la solución de sus problemas. Comunidades organizadas son y serán necesarias para luchar contra la pobreza, para prevenir la propagación de pandemias o enfermedades, para velar por el buen uso de los fondos públicos, para garantizar la dotación de agua potable, preservar la infraestructura de las escuelas, la calidad de la educación, para construir un futuro de bienestar compartido.

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