Héroes por Panamá 2026
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Azuero/En Búcaro de Tonosí, la tierra bajó de golpe. El 9 de octubre, extensas zonas de terreno, con miles de hectáreas involucradas, colapsaron en medio de un estruendo seco que acompañó al terremoto de magnitud 7.5.
"No fue que se fue bajando poco a poco, se fracturó y cayó en cuestión de un segundo", dijo Alexander Cedeño, administrador de Finca Búcaro.
En distintos puntos de la península de Azuero, comunidades enteras intentan entender qué pasó, cómo ocurrió y por qué el terremoto transformó su entorno. La región está ahora bajo la lupa de la ciencia, que busca reconstruir el comportamiento de la tierra durante uno de los eventos sísmicos más impactantes que ha vivido el país en años recientes. Incluso los especialistas reconocen que la magnitud del fenómeno superó sus expectativas.
"Si bien sabemos que los sismos en los límites tectónicos deben ser los más grandes, este terremoto en zona de fallas, pues, superó, para mí, los umbrales", recalcó Arkin Tapia, del Instituto de Geociencias de Panamá.
Hace más de una década, el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá identificó a esta región como la segunda más sísmica del país. En Azuero existe una red de fallas, entre ellas las de Lovaina-San Rafael, Guánico-Torio, Tonosí y Ocú-Pesé.
Este sistema ha estado relacionado con fuertes sismos registrados en 1913, 1951 y 1960, además de varios enjambres sísmicos. Sin embargo, todavía se investiga cuál de estas fallas pudo haber generado el terremoto de 2026.
La instalación de estaciones de monitoreo permitió conocer mejor la actividad sísmica de la región. Tapia explicó cómo cambió el registro de estos eventos después de ampliar la vigilancia.
"Es hasta el 2013 cuando nosotros dispusimos hacer un arreglo de estaciones sísmicas alrededor de la península de Azuero, pues una vez instaladas, este fue nuestro resultado: una gran cantidad de eventos sísmicos. Subimos de 50 sismos por año a 300 o 400 sismos en la región de Azuero y Soná", recalcó.
Panamá se encuentra en una región de intensa actividad sísmica. La interacción de las placas tectónicas, junto con la presencia de fallas geológicas, genera movimientos y acumulación de energía en el subsuelo. En Chiriquí confluyen importantes estructuras tectónicas; cerca de la capital se encuentra la falla de Pedro Miguel y bajo Azuero se extienden fracturas que alcanzan profundidades de entre 5 y 24 kilómetros.
Son enormes bloques de roca sometidos a presiones constantes. Cuando la energía acumulada se libera repentinamente, la tierra se mueve y puede provocar daños de gran magnitud.
El físico panameño Isaac Guerra, quien obtuvo una beca de la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Senacyt) para estudiar un doctorado en geofísica en Canadá, regresó a Panamá un día después del terremoto para investigar lo ocurrido.
Uno de los hallazgos iniciales fue que el sistema de fallas, que se extiende por cerca de 140 kilómetros, no se rompió en toda su longitud. Algunos segmentos quedaron sin romperse, una condición que los investigadores consideran importante para comprender la evolución del sistema.
"Hubo segmentos al sur de Azuero que no rompió parte de esa falla, entre 15 kilómetros aproximadamente, y eso pudo haber generado otro sismo de categoría 6", recalcó Guerra.
Aunque ese escenario no se produjo durante el terremoto, los estudios continúan para determinar cómo quedó configurada la falla después del movimiento.
"Nosotros desarrollamos un modelo de 3D de qué es lo que está sucediendo bajo nuestros pies, porque lastimosamente en Panamá no había este tipo de estudios; la historia nos dice que han ocurrido más de 11 eventos de categoría 7 aquí en Panamá, ya sea en las zonas costeras, en tierra", agregó Guerra.
El terremoto del 9 de octubre liberó en segundos una enorme cantidad de energía, comparable, según las estimaciones citadas en esta investigación, con más de dos megatones de explosivos. La comparación utilizada por el equipo de investigación equivale a 64 veces la energía de todas las bombas empleadas durante nueve años de construcción del canal de Panamá.
Esa fuerza ayuda a explicar las fracturas, los hundimientos y los desplazamientos del terreno registrados en Tonosí. Las consecuencias no solo se observan en el paisaje: también golpean actividades económicas que dependen directamente de la estabilidad del suelo.
En la finca de la familia Escudero, los cambios del terreno han afectado de forma considerable la actividad agrícola. En Búcaro, una comunidad de 373 habitantes al sur de Tonosí, sus residentes también intentan asimilar lo ocurrido y entender cómo seguir adelante.
"Yo jamás pensaba que estaba durmiendo sobre una falla", dijo Juan José Rodríguez, residente de Búcaro.
El movimiento de grandes bloques de terreno también modificó zonas cercanas a cursos de agua, como el río Tonosí, e inundó áreas que antes servían como caminos de producción y accesos hacia el mar.
"Tenemos un área que quedó sumergida bajo el nivel del mar; ahora, cuando sube la marea, esa parte del terreno desaparece. Calculamos más o menos dos hectáreas", recalcó Cedeño.
La forma en que se propagó la ruptura de la falla es otro de los elementos que los investigadores analizan para entender la duración del terremoto y sus efectos.
"Todo empezó en La Pitalosa y la falla se fue rompiendo en ambas direcciones a la misma vez. Eso hizo que la ruptura demorara entre 40 y 43 segundos. Si la ruptura hubiese empezado en un extremo de la falla, estuviésemos hablando de que hubiese demorado unos 80 segundos; el daño habría sido mayor porque es casi el doble de tiempo moviéndose con alta intensidad, transfiriendo mayor energía cinética a las edificaciones, y quizás el escenario habría sido peor".
Así lo explicó Guerra, quien señaló que la propagación de la ruptura influyó en la duración del movimiento. Los mayores estragos se concentraron en Tonosí y Mariato, donde el terreno experimentó desplazamientos verticales y laterales. Efectos de este reacomodo también se observaron en infraestructuras como el puente vehicular sobre el río Oria, en Pedasí.
Uno de los grandes desafíos ahora es determinar cómo estos cambios permanentes impactarán a las comunidades, las actividades productivas y la infraestructura de la región.
Pero la investigación requiere recursos. En 2024, Panamá destinó 235 millones a ciencia, equivalentes al 0.33% del producto interno bruto (PIB), según las cifras utilizadas en este reportaje. La inversión se mantiene por debajo de las metas planteadas y limita la capacidad de ampliar los estudios y adquirir equipos especializados.
Tapia explicó que, aunque se han instalado nuevos equipos en la región, todavía hacen falta más estaciones para fortalecer el monitoreo sísmico.
"Nuestra estación sísmica que instalamos en la región de Soná y Azuero, cinco estaciones nuevas, son de este tipo, son sensores de banda ancha muy modernos y estables para la sismología que van a permitir capturar la señal sísmica. En realidad, nosotros de este tipo de estaciones deberíamos tener algunas más, pero por cuestiones presupuestarias, pues estamos un poco limitados y solo podemos instalar unas cinco, tal vez seis", puntualizó Tapia.
Contar con estos equipos permitiría obtener más información sobre los movimientos de la Tierra y mejorar los modelos que explican lo ocurrido el 9 de octubre. También ayudaría a estudiar fenómenos costeros que hoy preocupan a los habitantes del sur de Azuero.
En Búcaro, la playa muestra una transformación drástica. Sectores de arena que antes permanecían expuestos incluso durante las mareas altas ahora quedan cubiertos por el agua, mientras los residentes observan cómo cambia la línea costera.
"No se perdió parte de playa, se perdió todo, todo lo que era playa", dijo Gladys Ballesteros, residente en Búcaro.
Para profundizar en las consecuencias del terremoto sobre el litoral, el equipo de TVN Noticias viajó desde Búcaro hasta Isla Cañas, donde el paisaje también evidencia la magnitud de los cambios.
La isla luce ahora partida en dos. Donde antes había un territorio continuo, el agua abrió un canal que separa sectores de tierra, parcelas agrícolas y zonas silvestres.
Eduardo Javier Batista, residente en Isla Cañas, relató cómo el mar afectó terrenos y actividades productivas de las que dependían varias familias.
"Este lugar se llamaba El Conboy, estaba como 30 a 40 metros del estero y la playa; la gran mayoría hemos perdido todos. Mi asociación tenía abejas y el mar nos lo llevó, jaulas de pargo, la agricultura, todo se lo llevó".
Con su teléfono celular, Batista mostró al equipo periodístico la dimensión de los cambios que experimentó el lugar.
El físico Isaac Guerra explicó que el fenómeno está relacionado con el reacomodo general del bloque de tierra tras el sismo. Los modelos desarrollados por su equipo apuntan a un descenso de la isla y a un levantamiento del lecho costero cercano, cambios que alteraron la relación entre el terreno y el nivel del agua.
"Entonces también nuestros modelos indican que el área de Isla Cañas descendió aproximadamente entre 15 y 30 centímetros, pero además, cercano a la isla, se levantó el lecho costero, aproximadamente 15 centímetros. Quizás para nosotros es poco, pero hizo que el nivel del agua incrementara", explicó Guerra.
Con este nuevo paisaje, los aproximadamente 400 habitantes de Isla Cañas esperan con incertidumbre la llegada del aguaje de octubre, la marea más alta del año, para conocer cómo incidirán estos cambios en su vida cotidiana.
El primer aviso llegó el mismo día del terremoto, cuando una entrada de agua salobre arrasó con sus cultivos. Ahora, la preocupación se extiende a las parcelas agrícolas, las actividades productivas y las zonas que podrían quedar expuestas a nuevas inundaciones.
La playa que desapareció, el agua que amenaza los cultivos y los cambios de altura del terreno son parte de una nueva realidad para las comunidades del sur de Azuero. Mientras sus habitantes intentan adaptarse, los científicos siguen reconstruyendo el comportamiento de las fallas que transformaron el territorio.
El terremoto dejó preguntas que todavía no tienen respuesta definitiva. Comprender qué ocurrió bajo tierra y cómo evolucionará el paisaje exige tiempo, equipos especializados y estudios sostenidos.
También deja una tarea pendiente para el país: entender que la investigación científica no es un gasto prescindible, sino una herramienta fundamental para conocer los riesgos, anticipar escenarios y tomar decisiones que protejan a las comunidades frente a futuros eventos naturales.