Carta de Despedida
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Ciudad de Panamá, Panamá/Al amanecer, el sonido del mar debería ser sinónimo de calma. Pero para muchos, en las zonas costeras de Panamá, representa incertidumbre. Entre el avance del cambio climático y la intervención humana, el equilibrio natural se rompe y las consecuencias ahora son inevitables.
En distintas zonas costeras, el avance silencioso del agua ya no es una advertencia lejana, sino una realidad que transforma paisajes, desplaza comunidades y redefine los límites entre tierra y océano.
El cambio climático, con el aumento del nivel del mar y la intensificación de fenómenos naturales, sumado a la construcción desmedida sobre las zonas costeras, ha acelerado este proceso inevitable.
Lo que antes era tierra firme o terreno habitable comienza a ceder. La fuerza constante del mar que altera los ecosistemas, vulnera las infraestructuras construidas por la mano del hombre y el crecimiento urbano sin planificación, se convierten en la pieza clave para entender esta historia agravada por la irrupción del cambio climático como principal protagonista y océanos que comienzan a tomar espacios que por siglos se mantuvieron fuera de su alcance.
Digna Barsallo, directora de Costas y Mares del Ministerio de Ambiente, explica que las costas son sistemas dinámicos, que se modifican debido a la sedimentación. "Lo que estamos viendo son procesos de erosión costera producto de diversos fenómenos naturales, donde además se adicionan otras variaciones como mar de fondo, cambio climático y el aumento del nivel del mar".
En Panamá, donde somos una estrecha franja de tierra bañada por los dos océanos más grandes del planeta, el cambio climático en los últimos años, ha comenzado a transformar a nuestras costas, obligando a que muchas comunidades retrocedan principalmente en el litoral Pacífico.
En Farallón, una de las comunidades que conforma Panamá Oeste y que data de más de 100 años, por años sus fundadores han observado las variaciones climáticas que ha sufrido el mar.
No sólo son testigos del aumento de su nivel, sino de los fuertes oleajes que cada vez son más intensos y que han afectado sus viviendas, hasta el punto de dejar algunas de ellas semienterradas, así lo confirma Nidia López, que toda su vida ha vivido en este lugar.
"No son olitas chiquitas, son olas grandes que pasan por debajo de mi casa y se van al río. Antes el mar quedaba lejos y ahora está aquí encima y cuando vienen los oleajes tropiezan con las piedras y viene el agua hacia acá".
Antes la playa estaba a muchos metros de sus casas, pero ahora no. Cada aviso de fuertes oleajes y mar de fondo en el Pacífico, obliga a los pobladores en su mayoría adultos mayores, a dormir con un ojo cerrado y otro abierto.
El aumento del nivel del mar, responde a una de las consecuencias más visibles del calentamiento global. Las estimaciones a nivel de estudios internacionales, señalan que a finales de este siglo el mar podría aumentar su nivel entre 30 y 100 centímetros, sobre todo en las zonas más elevadas de las emisiones de gases de efecto invernadero, lo que nos obligaría a poner en marcha un plan que pueda mitigar parte de sus efectos.
Desde el Ministerio de Ambiente, se tiene identificado cuáles son las zonas vulnerables donde hay un aumento del nivel del mar y un incremento acelerado de la erosión costera. Entre ellas están comunidades de Panamá Oeste, como Punta Chame, Punta Malibú, Farallón, toda la línea costera de la provincia de Los Santos, mientras que en el Caribe están la comarca Guna Yala, provincia de Colón y Bocas del Toro.
Pero la transformación costera no es la única que se está adaptando a los fenómenos climáticos, sino que también se enfrenta a otro gran enemigo que por años le ha ido restando espacio, el crecimiento urbanístico.
Cada vez son más las construcciones que se hacen sobre los límites costeros, convirtiendo el sueño de muchos de tener una propiedad soñada a orillas del mar en paredes y muros resquebrajados que el agua se lleva.
Este escenario no es exclusivo del océano Pacífico. En la costa Atlántica de Colón, ocurre lo mismo. Por ejemplo, en Piña, una de las comunidades ubicadas en la Costa Abajo, los moradores han vivido los efectos del cambio climático y sus variaciones, pero ahora se enfrentan a otro fenómeno y hasta una actividad ilegal, la extracción de arena.
En esta comunidad, la mayoría de sus residentes viven de la pesca. Por ejemplo, Antonio que nació en Piña, narra como ahora los pescadores artesanales, deben adentrarse más al mar, prueba de que los cambios también tienen impacto en la fauna marina.
"Allá afuera se nos para un barco a extraer arena desde abajo. Sustraen arena y luego se van y nosotros quedamos con el problema", dijo.
Ante estos fenómenos, la respuesta para mitigar el impacto es clave. Desde sembrar un manglar para protegerlo, hasta fortalecer la educación ambiental en las escuelas y promover la participación ciudadana, pudieran hacer la diferencia.
Cada metro de arena que desaparece, nos advierte claramente de lo que está por venir. Al final, la naturaleza seguirá reaccionando a los daños provocados por la intervención del hombre.
Frente a esta realidad, también las políticas públicas se convierten en una urgencia en materia de ordenamiento territorial, protección de ecosistemas, manglares y en la necesidad de invertir en infraestructuras más resilientes y respetuosas del medio ambiente, que incluyan planes de adaptación y que prioricen a las comunidades más vulnerables.
Se necesita un cambio cultural que comprenda los fenómenos relacionados al cambio climático y nos permita actuar respetando nuestra relación con el medio ambiente.
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