Panamá: La economía de los santos patronos que destruyó la pandemia en los pueblos del interior

Economía en Panamá

Trabajos de repujado en el anda de Santa Librada, patrona de Las Tablas
Trabajos de repujado en el anda de Santa Librada, patrona de Las Tablas / Cortesía Taller Milagros y Esperanza
Julio César Aizprúa - Corresponsal digital
26 de julio 2021 - 06:47

Ciudad de Panamá/Los santos patronos de los pueblos interioranos llevan ya dos años sin poder hacer el milagro de ayudar a aportar ingresos a la economía de las comunidades en donde se les venera. Antes de la pandemia, en el país se celebraban anualmente un aproximado de 500 fiestas patronales dedicadas a cuanto santo tiene la iglesia católica, desde el desconfiado Tomás hasta el humilde Martín de Porres, de quien la historia registra que era hijo de la panameña Ana Velásquez.

De esas 500 patronales, unas 130 se realizaban en la península de Azuero, región en donde se ha dejado de recibir varios miles de dólares en ingresos municipales y aportes a quienes se buscaban la vida durante esos días de sincretismo pagano y religioso.

Para estas festividades, que generalmente duraban un poco más de una semana, los municipios cobraban impuestos que iban desde los 100 dólares hasta los 300 dólares por los bailes populares, corridas de toro, instalación de fondas, de juegos de azar y por ventas al por menor, entre otros, un milagro económico que año tras año bendecía a los poblados, cuyos habitantes hoy día solo miran como San José, Santo Domingo de Guzmán, Santa Librada, el Cristo de Esquipulas, San Juan, Santa Rosa de Lima y la Inmaculada Concepción, por mencionar algunos, permanecen en las iglesias, en estricta cuarentena.

Cabe destacar que en algunos pueblos el cobro de estos impuestos estaba a cargo de las llamadas “juntas de festejos”, integrada por moradores que respondían al representante de corregimiento, y que a discreción rendían cuentas de lo recaudado, según explicó un exalcalde herrerano, que pidió al anonimato.

Durante los días de jolgorio, en donde foráneos y lugareños vestían sus mejores galas, surgían los llamados “empresarios de fiestas”, que por lo general eran personas de escasos recursos que sin competir con los grandes empresarios instalaban una fonda, un puesto móvil de carne en palito, de hamburguesas, o recorrían los pueblos vendiendo raspados, helados en carretilla, manzanas bañadas en miel, o alguna que otra chuchería.

La mayoría de las fondas levantadas durante esos días eran de núcleos familiares liderados por mujeres, que conocían a la perfección el calendario festivo de la región y no dudaban en recoger sus bártulos una vez finalizada una festividad para instalarse en otra, apuntó el sociólogo azuerense, Milcíades Pinzón Rodríguez.

Una larga mesa de madera rústica cubierta con carpetas de colores, unos taburetes y unas cuantas hojas de zinc bastaban para instalar una fonda, en donde destacaba una caja envuelta en plástico que en su interior contenía un incandescente foco que siempre mantenía calientes las empanadas, tortillas, hojaldres, bofe, pajarilla o la carne asada. En la mesa también se colocaban vasijas que, tapadas de manera traslúcida, dejaban ver al infaltable arroz con pollo, a la “ensalada de toldo”, a la siempre buscada lechona, pastelitos, y otras viandas que hacían las delicias de los asistentes al evento patronal.

Pinzón Rodríguez agregó que las “fonderas”, al igual que los “meseros”, los que en los bailes de música típica popular atendían al público en sus mesas, así como los “cantineros”, procedían de los estratos sociales más afectados por la situación social casi perenne en la región. Una manifestación del subempleo, subrayó.

Ante la desaparición de estas festividades, y por ende de los dividendos que generaban, hay quienes se han reconvertido para balancear esta falta de ingresos.

Las radioemisoras, por ejemplo, que hacían su agosto transmitiendo eventos bailables y tardes de cantadera durante esas festividades ahora redondean sus entradas económicas con la transmisión de misas y hasta de entierros. La primera la pagan los patrocinadores, y la segunda corre por cuenta de familiares y allegados al difunto.

Recibe, Señor, el alma de este tronco de honorable familia, que brille para él la luz perpetúa…”, frase que ya no es extraña escuchar cualquier día por las ondas hertzianas azuerenses.

Solo en la provincia de Los Santos se celebraban al año un promedio de 81 fiestas patronales, mientras que en la provincia de Herrera unas 49, de acuerdo a la cantidad de sus corregimientos.

El sociólogo y estudioso de la vida orejana, Pinzón Rodríguez, va más allá al señalar que en la provincia de Los Santos anualmente se celebraban unos 726 bailes populares, que al desglosarlos daban unos 60 por mes, 15 semanales y dos diarios. Es decir, más bailes que días tiene el año, comentó.

Alcibiades Cortes, músico típico residente en El Cedro de Macaracas, provincia de Los Santos, señaló que las patronales eran una buena oportunidad para mejorar la economía, pues casi todos los conjuntos de música típica eran contratados para animar la festividad, por lo menos dos días, en cualquiera comunidad interiorana.

Con la llegada de la pandemia, el panorama cambió. Al igual que todas las otras actividades, la música típica popular fue silenciada en jardines y toldos, dejando cesantes a músicos y promotores, así como a quienes se dedicaban al alquiler de equipos de sonido para las cantaderas y mobiliarios, entre otros, durante las patronales.

La economía ahora más que nunca es de subsistencia. Ya ni los santos nos salvan”, reflexionó el músico.

Si te lo perdiste
Lo último
stats