YouTuber hunde estatua de 'Calamardo guapo' para confundir a arqueólogos del futuro

La arqueología se construye a partir de fragmentos: objetos, restos y vestigios que sobreviven al paso del tiempo y que, siglos después, deben ser interpretados.

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El vídeo se volvió rápidamente viral y generó un intenso debate, especialmente en círculos académicos y científicos. / IA - META

Sin textos ni imágenes que los acompañen, muchas conclusiones dependen del contexto y del análisis de quienes estudian el pasado. Precisamente esa fragilidad interpretativa fue el punto de partida de una acción tan insólita como polémica: un youtuber decidió sumergir en el mar una estatua de “Calamardo guapo” para “confundir a los arqueólogos del futuro”.

El responsable es Sunday Nobody, un creador de contenido de Seattle, Estados Unidos, conocido por llevar el humor absurdo a niveles extremos. Su objetivo, según explicó en su canal de YouTube, era provocar un hipotético “caos académico en el futuro”, haciendo creer a las generaciones venideras que el popular personaje de Bob Esponja tuvo un papel relevante en la civilización contemporánea.

La obra no fue improvisada. Nobody encargó una escultura de bronce real, de tres metros de altura, diseñada con una estética inspirada en el arte clásico griego, similar a una reinterpretación del Discóbolo. La idea era que la pieza pudiera resistir el paso del tiempo y resultar verosímil como hallazgo arqueológico dentro de cientos o miles de años.

Antes de sumergirla, el youtuber documentó todo el proceso en vídeo, incluso recurriendo a métodos cuestionables para darle apariencia de rigor académico. Según relató, llegó a falsificar un carné de estudiante para poder entrar en clase y consultar directamente a un profesor si la instalación podría afectar al ecosistema marino. Tras esa consulta, decidió seguir adelante con el proyecto.

Quería algo que pudiera sobrevivir al paso del tiempo, pero sin dañar al mar”, afirmó Nobody en su vídeo. Finalmente, la estatua fue colocada cerca de la costa de Halkidiki, en Grecia, una zona con fuerte carga histórica y arqueológica, lo que amplificó el impacto simbólico de la acción.

La producción de la escultura tampoco fue barata. Para materializar su idea, el creador recurrió a la empresa Cinuo Sculture Company, en China, que fabricó dos piezas de bronce de tres metros, además de una serie de miniaturas. El coste inicial del proyecto fue de unos 8.000 dólares (aproximadamente 6.800 euros). Sin embargo, Nobody terminó obteniendo beneficios, ya que vendió y subastó las réplicas más pequeñas en su página web, con precios que alcanzaron los 500 dólares (423 euros) por miniatura.

El vídeo se volvió rápidamente viral y generó un intenso debate, especialmente en círculos académicos y científicos. Desde organismos vinculados al patrimonio cultural se encendieron las alarmas. Según advirtió la UNESCO, introducir objetos artificiales en entornos históricos o naturales puede confundir futuras investigaciones y degradar los yacimientos, incluso cuando se trate de acciones concebidas como una broma.

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El propio Sunday Nobody reconoció que su intervención no contaba con los permisos oficiales necesarios, pese a haber solicitado orientación previa. La controversia dejó en evidencia un dilema contemporáneo: hasta qué punto el arte conceptual, el humor y la viralidad pueden cruzar límites que afectan a la conservación del patrimonio y al trabajo científico.

Lejos de ser un caso aislado, esta estatua submarina encaja perfectamente con el historial creativo del youtuber. A sus 29 años, Nobody se ha ganado notoriedad por proyectos tan extravagantes como enterrar una bolsa de Cheetos de más de un kilo dentro de un sarcófago, crear un retrato de Bob Ross utilizando 7.104 muestras de pintura, o diseñar una máquina expendedora de documentos falsos de identidad.

Más allá de lo anecdótico, el episodio del “Calamardo guapo” plantea una reflexión incómoda: el futuro del conocimiento histórico puede verse alterado no solo por el paso del tiempo, sino también por las acciones deliberadas, y virales, de nuestra era digital. Una broma que hoy genera risas podría convertirse mañana en un rompecabezas académico.

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