Entre tambores, memoria y herencia: Castalia Pascual revive el alma de los 'Pelúos' en el aniversario 445 de Penonomé
La periodista comparte cómo el legado de los Pelúos y el tambor norte de Coclé forman parte de su identidad y del alma cultural penonomeña.
Hay sonidos que no se olvidan, que se aprenden y que se heredan. Que nacen en la tierra, en la sangre, en la memoria. En Penonomé, ese sonido tiene nombre: tambor. Y este 25 de abril, cuando el distrito celebre sus 445 años, ese latido ancestral volverá a sentirse con fuerza en cada calle, en cada portal, en cada paso del Paseo de Usanzas Penonomeñas.
Al frente de esa celebración estará Castalia Pascual Fernández, abanderada del evento, pero también hija de una historia que se cuenta con golpes de cuero y madera.
“Para mí es de alto significado… este reconocimiento no es solo a mi persona, sino a toda mi familia”, dice, con la voz cargada de emoción. Porque su historia, como la de Penonomé, no se entiende sin el tambor.
La herencia de los Pelúos: el tambor que se siente
Mucho antes de los escenarios y las luces, estaban las rondas. Los patios de tierra. Las noches largas en las que el tambor no era espectáculo, sino el centro de la vida.
- Te puede interesar: Penonomé celebrará sus 445 años con el Paseo de Usanzas Penonomeñas
Castalia creció allí. Entre sonidos que no pedían permiso. Entre nombres que aún resuenan en la memoria colectiva, como el de su abuelo, Antonio “Chileno” Pascual Díaz, uno de los legendarios Pelúos, aquel grupo de hermanos que marcó una época en el tambor penonomeño.
“Ellos eran muy famosos… el tamborito era la fiesta central. No eran los bailes típicos como los conocemos hoy, era el tambor”, recuerda.
Y es que el tambor pelú no era solo ritmo. Era carácter. Tenía fuerza, identidad, una forma particular de decirle al cuerpo cuándo moverse y al alma cuándo quedarse.
Mi abuelo cerraba los ojos cuando tocaba… entraba como en trance. Se olvidaba de todo, y hacía sonar ese tambor magistralmente. La gente simplemente se ponía alrededor de la ronda de bailadores para verlo. Porque no solamente era el ritmo con el que lo tocaba, sino el amor y el sentimiento con el que él lo hacía", rememoró con nostagia.
Ese legado pasó a su padre, y de allí, a ella. A una infancia marcada por fines de semana entre compromisos de tambor, viajes por pueblos cercanos, y noches donde el repicador, el pujador y la caja eran parte del paisaje cotidiano.
El otro lado del tambor: el arte de crearlo
Pero la historia no termina en el sonido. También está en las manos que lo construyen.
Del lado materno, su abuelo Federico “Yico” Fernández Castillo era artesano de tambores. En Toro Bravo de La Pintada, los veranos de Castalia transcurrían entre cueros al sol, cebo, cuñas y madera.
“Era normal ver a mi abuelo en el portal estirando los cueros… y nosotros éramos los encargados de cuidarlos mientras se asoleaban. Si caía una garúa, había que correr a recogerlos para que no se dañaran”.
Así, entre juegos y responsabilidades, aprendió que el tambor no solo se toca: se cuida, se espera, se respeta.
Su abuelo paterno, Antonio Pascual Díaz, conocido como “Chileno”, es recordado como uno de los más destacados ejecutores del tambor junto a “Los Pelúos”. Mientras que su abuelo materno, Federico Fernández Castillo, fue un reconocido artesano restaurador de tambores.
El tambor norte: identidad que se baila
En Penonomé, el tambor tiene su propio lenguaje. No es el mismo de otras regiones. Es más pausado, más ceremonioso. Se guía por el repicador. Marca tiempos y gestos.
Hay un momento en el que el repique anuncia la reverencia. La pareja se inclina ante los tambores. Luego vienen los tres golpes. Firmes. Claros.
Ese es el final de la ronda. La pareja se retira y otra entra. Porque aquí, el baile no es multitud: es turno, respeto, diálogo.
“Cada pareja tiene su momento… esa es la diferencia”, explica Pascual.
Ese estilo, con su cadencia y solemnidad, es parte de lo que el Paseo de Usanzas busca preservar.
Tradiciones que no deben apagarse
Para Castalia, este evento va más allá de una celebración. Es una oportunidad.
“Lo más importante es que ningún pueblo pierda su esencia”, afirma.
Reconoce que hoy las nuevas generaciones enfrentan un distanciamiento de estas raíces, pero insiste en que la solución está en abrir espacios, enseñar, transmitir.
Recuerda incluso un sueño de su padre: enseñar el tambor a jóvenes, como ya ocurre en otras regiones del país. Un conocimiento que, advierte, no puede perderse.
Lo que se hereda va en la sangre… pero hay que despertarlo. Hay que aprovechar a los que todavía saben, antes de que sea tarde”.
Un pueblo que se mira en su historia
El Paseo de Usanzas Penonomeñas recorrerá las calles desde el Parque de los Hombres Ilustres hasta el barrio de San Antonio, pasando por rincones como El Manguito, donde el tambor volverá a sonar como antes.
Será, como lo describe la propia abanderada, un evento sencillo. Pero profundo. Donde el verdadero protagonista no será una persona, sino un pueblo entero recordándose a sí mismo.
“Van a ver nuestras tradiciones vivas… muy vivas, gracias a Dios”, dice.
Y en medio de ese recorrido, entre cumbias, tambores, historias y leyendas, Penonomé no solo celebrará un aniversario. Se escuchará a sí mismo. Como en aquellos tiempos en que el tambor no era recuerdo… sino presente.