David
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Ciudad de Panamá, Panamá/Panamá es un país donde la fe y la tradición se viven con intensidad. La Semana Santa no solo convoca al recogimiento y la solemnidad que evocan la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, sino que también se convierte en una manifestación cultural profundamente arraigada en el interior del país.
En pueblos como Pesé, Montijo y Río de Jesús, la juventud asume un rol protagónico. Con talento, entrega y devoción, recrean en vivo los momentos más significativos de la vida de Cristo, convirtiendo estas representaciones en una mezcla de arte, identidad y evangelización.
A la par, miles de fieles se movilizan en peregrinaciones hacia el Santuario del Cristo de Alanje y la Basílica Menor de Atalaya, dos de los principales epicentros de fe del país durante esta temporada.
En la península de Azuero, la “Semana Santa Viviente” de Pesé es una de las representaciones más emblemáticas. Desde 1954, sus calles se transforman en escenario para recrear con realismo y devoción uno de los relatos más trascendentales del cristianismo.
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Con más de siete décadas de historia, esta puesta en escena no solo convoca a fieles, sino que se ha consolidado como un acto de memoria colectiva. Sus organizadores destacan que se trata de “una tradición que une fe, cultura y comunidad”, atrayendo cada año a cientos de visitantes.
El programa incluye momentos clave como la Última Cena y el Lavatorio de los Pies, el Jueves Santo, y el Vía Crucis junto a la Crucifixión, el Viernes Santo.
Para quienes participan, la experiencia trasciende lo escénico. Carlos Javier Ocaña, quien interpreta a Jesús desde hace siete años, lo resume así:
“Interpretar a Jesús te da la oportunidad de poder sentir, vivir y representar de manera exacta el sufrimiento de una persona que dio su vida por nosotros”.
Ocaña también destaca la exigencia del papel: “Es una responsabilidad que abarca sacrificios emocionales, espirituales y físicos”, lo que implica meses de preparación previa.
En Montijo, el drama “Pasión de Cristo Viviente” alcanza ya 52 años, consolidándose como una tradición que revive los últimos momentos de Jesús en un entorno natural.
Mientras tanto, en Río de Jesús, la representación cumple 56 años y ha evolucionado hasta convertirse en una producción de alto nivel, con escenografía, iluminación y sonido que evocan una experiencia teatral completa.
El coordinador Alypio Puga adelantó innovaciones importantes:
“Vamos a tener por primera vez tres escenarios montados… la idea es hacer algo estilo anfiteatro”, explicó, detallando que se alternarán escenas con Pilatos y Caifás en simultáneo.
También reveló cambios en la narrativa:
“Hemos hecho modificaciones en la escena de la última cena. Va a salir María… La negación de Pedro, que casi no se hacía, también se incluirá”.
Los actores coinciden en que el objetivo es renovarse sin perder la esencia.
“Este año traemos escenas nuevas que van a darle algo diferente al público”, expresó el actor Jerónimo Name.
Para Judith de González, la puesta en escena tiene un propósito claro:
“Esto es catequesis para todo el pueblo, una evangelización a nivel de toda la República”.
Más allá de las representaciones, la Semana Santa también se vive en el camino. En el Santuario del Cristo de Alanje se espera la llegada de más de 120 mil peregrinos, en una de las manifestaciones religiosas más multitudinarias del país.
La imagen del Cristo, que se cree data del siglo XVIII, está rodeada de una leyenda que habla de un misterioso anciano que talló la figura y desapareció sin dejar rastro, reforzando su carácter milagroso.
Por su parte, la Basílica Menor de Atalaya vuelve a ser punto de encuentro para miles de devotos que acuden a venerar a Jesús Nazareno, en una tradición que combina fe, sacrificio y esperanza.
La Semana Santa no se limita a los templos. Se vive en las calles, en los escenarios improvisados, en las largas caminatas y en la entrega de quienes actúan y de quienes observan.
Es una fe que se representa, que se enseña y que se transmite de generación en generación. Una fe que no solo se recuerda, sino que se vive intensamente.
Porque en cada paso de peregrino y en cada escena representada, hay una historia común: la de un país que, más allá del tiempo, sigue encontrando en sus tradiciones una forma de creer, de unirse y de no olvidar.
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