La Novia de Estambul
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Ciudad de Panamá, Panamá/El 31 de diciembre de 1999, mientras el mundo se preparaba para despedir el siglo XX y dar la bienvenida al nuevo milenio, Panamá vivía una jornada que marcaría para siempre su historia. Ese día, tal como lo establecían los Tratados Torrijos-Carter, se concretó la reversión del canal de Panamá, poniendo fin a décadas de administración estadounidense y dando paso a una nueva etapa bajo control panameño.
La ceremonia oficial se desarrolló en el edificio de Administración del Canal, un escenario emblemático para muchas personas. Banderas, discursos, actos protocolares y un profundo simbolismo acompañaron el traspaso final, encabezado por la entonces presidenta Mireya Moscoso y autoridades nacionales e internacionales. Durante dicho evento, el expresidente estadounidense Jimmy Carter entregó el acta de transferencia a Moscoso, quien a su vez recibió la bandera que se izó en ese momento histórico.
Afuera, miles de ciudadanos siguieron el acto desde distintos puntos del país; otros, desde sus hogares, lo vivieron a través de la televisión. Para Luccia, que en aquel entonces cursaba la educación primaria, la reversión fue una experiencia cargada de emoción, incluso desde la distancia.
"Eso era lo que se venía escuchando toda la semana", recuerda, haciendo referencia a la reversión. "Cuando llegó el momento, estábamos preparados para verlo en la televisión, porque no había otra forma de presenciarlo dado que vivíamos en el interior del país y desplazarnos a la ciudad era difícil".
Desde casa, la transmisión se convirtió en una escena inolvidable. Las narraciones periodísticas, los actos solemnes y la atmósfera de celebración marcaron aquel día. "Fue emocionante, una felicidad que se sentía en todo lo que se vivía. En casa todos estábamos viendo los actos. Yo estaba feliz", relata.
Uno de los momentos que aún conserva con mayor nitidez fue el cierre de la ceremonia: los globos elevándose al cielo, como señal simbólica del fin de una etapa histórica. "Eso fue como decir 'wow'. Todos estábamos emocionados, sabíamos que era algo grande", cuenta. Aunque era niña, Luccia ya comprendía que aquel hecho representaba algo más profundo: el Canal finalmente sería de los panameños.
A diferencia de ella, Alexander, quien se encontraba cursando sus estudios universitarios, vivió la reversión desde uno de los escenarios centrales de la historia. Se hallaba en las escalinatas del edificio de Administración del Canal, donde se desarrollaban los actos protocolares. Desde allí, presenció de cerca un momento que, asegura, marcó su sentido de pertenencia e identidad nacional.
"Estar allí fue indescriptible", recuerda. "Sentías que estabas siendo parte del cierre de un capítulo largo y complejo, y al mismo tiempo del inicio de uno nuevo para Panamá". Para Alexander, el acto no era solo ceremonial: representaba el reconocimiento de una lucha histórica y el derecho del país a administrar su propio destino.
Desde su posición, observó el izado de la bandera panameña y la solemnidad del momento. "Era la confirmación de que el Canal ya no representaría más un símbolo o motivo de división, sino de una profunda unidad nacional e internacional", señala. En medio del protocolo, asegura que predominaba un sentimiento compartido: orgullo, alegría, responsabilidad y esperanza.
Aquel 31 de diciembre no solo significó un cambio administrativo. La reversión del Canal consolidó un proceso histórico iniciado décadas atrás, marcado por lucha, negociaciones y retos, y abrió la puerta a una nueva etapa en la que Panamá asumiría el desafío de operar una de las rutas marítimas más importantes del mundo.
Cuando Panamá asumió la administración completa de la vía interoceánica, no faltaron voces escépticas sobre la capacidad del país para mantener los estándares operativos que habían caracterizado al Canal durante su existencia.
Sin embargo, Panamá demostró desde sus inicios un compromiso inquebrantable con la excelencia operativa. La transición incluyó un meticuloso proceso de transferencia de conocimientos, inclusión de personal experimentado y la implementación de programas de capacitación que aseguraron la continuidad en la operación de las esclusas, el mantenimiento de la infraestructura y la navegación segura de miles de embarcaciones cada año.
Los primeros años del nuevo milenio fueron cruciales. El país no solo mantuvo los estándares heredados, sino que comenzó a implementar mejoras tecnológicas y administrativas que sentarían las bases para el crecimiento futuro, demostrando que el país estaba a la altura del reto histórico que había asumido.
Si la reversión marcó un hito en la historia panameña, la decisión de ampliar el Canal representó una declaración audaz de confianza en el futuro. En 2006, pocos años después de asumir su administración, Panamá sometió a referéndum la propuesta de construir un tercer juego de esclusas que permitiría el tránsito de buques Neopanamax, embarcaciones de dimensiones mayores que las que podían cruzar la vía original.
La ampliación no solo aseguraría la competitividad del Canal frente a otras rutas marítimas, sino que también consolidaría la posición de la nación como centro neurálgico del comercio mundial.
La obra, que se extendió durante una década, representó uno de los proyectos de ingeniería más ambiciosos del siglo XXI. Miles de trabajadores panameños e internacionales participaron en la construcción de las nuevas esclusas, que incorporaron tecnologías de punta en términos de eficiencia hídrica y operativa. Las compuertas rodantes, las tinas de reutilización de agua y los sistemas automatizados de control convirtieron al Canal ampliado en un referente de sostenibilidad e innovación.
El 26 de junio de 2016, el buque portacontenedores chino Cosco Shipping Panama realizó el tránsito inaugural por el Canal ampliado, ante la mirada expectante del mundo. Aquel momento no solo inauguró una nueva era para la vía interoceánica, sino que validó la capacidad de Panamá para ejecutar megaproyectos y posicionarse como actor relevante en la economía global.
Veintiséis años después de aquella histórica jornada, el Canal es más que una infraestructura de transporte. Se ha consolidado como símbolo fundamental de identidad nacional, fuente de orgullo colectivo y ejemplo tangible de lo que el país puede lograr cuando asume con responsabilidad y visión los desafíos de su propio desarrollo.
Las memorias de Luccia y Alexander reflejan cómo ese día trascendió generaciones y espacios. Desde una sala familiar hasta las escalinatas del edificio de la Administración, la emoción fue la misma: la certeza de estar viviendo un momento irrepetible. Hoy, esas emociones se han traducido en resultados concretos que superaron las expectativas más optimistas.
Para los panameños nacidos después de 1999, el Canal bajo administración nacional es la única realidad que conocen. Han crecido viendo cómo su país gestiona con éxito una de las obras de ingeniería más importantes del mundo, cómo aporta miles de millones al desarrollo nacional y cómo mantiene estándares de excelencia reconocidos internacionalmente.
Porque la historia del Canal no solo se mide en tratados, cifras o toneladas de carga, sino también en las vivencias de quienes sintieron, por primera vez, que el país recuperaba plenamente una parte esencial de su identidad. Aquella promesa hecha décadas atrás, sellada con la firma de los Tratados Torrijos-Carter y consumada en el umbral del nuevo milenio, no solo se cumplió: se superó.
Los panameños demostraron que podían administrar con excelencia el Canal, ampliarlo exitosamente, mantener su competitividad global y convertirlo en motor de desarrollo nacional. Lo que algunos veían como duda se transformó en oportunidad; lo que otros consideraban audacia se reveló como visión estratégica.
Hoy, cuando Panamá conmemora 26 años de administración soberana de su Canal, lo hace con la satisfacción del deber cumplido y con la certeza de que el futuro promete aún más. La vía interoceánica continuará siendo puente entre océanos, entre naciones, entre culturas y economías.