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En Panamá, muchas comunidades rurales y comarcales enfrentan un desafío que pone en riesgo la vida de sus habitantes: la falta de puentes seguros para cruzar ríos y quebradas, especialmente durante la temporada de lluvias.
Mientras para muchos el camino a casa es rutina, para otros es una prueba de supervivencia.
En las regiones apartadas y comarcales de Panamá, cruzar un río no es una opción… es la única forma de llegar a la escuela, a un centro de salud o en busca del sustento diario.
Máxima García regresa a casa con sus seis hijos tras visitar a su madre. Lleva cuatro horas caminando, ya cruzó dos quebradas y aún le esperan dos más… además del río San Antonio, dos horas más de trayecto y mucho riesgo por delante. En la comarca Ngäbe Buglé, este no es un caso aislado: es la rutina diaria de sobrevivir para llegar a casa.
A 20 kilómetros al norte, en el distrito comarcal de Ñürüm, en Los Hatillos, Esmeralda García Montezuna conoce de cerca lo que significa vivir sin puentes peatonales.
“Mi familia, la mayoría pasa por allí y no tenemos el apoyo para arreglar el puente”, dijo Esmeralda. Ante la falta de apoyo, su comunidad improvisó un paso artesanal sobre el río Bogrä para no quedar incomunicados.
Según el informe de la Fundación para el Desarrollo Sostenible de Panamá (Fudespa), entre 55 y 70 personas en la comarca Ngäbe-Buglé han perdido la vida por ahogamiento en los últimos 25 años.
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En Llano Guayabal, al menos cinco comunidades cruzan el mismo río a diario, enfrentando corrientes peligrosas.
“Tengo tres hijos y un nieto que estudian y les es difícil pasar en ese puente peligroso”, recalcó Virginia Ciré Valdez.
Treinta kilómetros al sur, en Bella Vista, corregimiento del Bale, el desborde del río deja a la población aislada por horas, obligando a los niños a ir a clases bajo riesgo constante.
En el distrito de Ñürüm se aprobaron cinco zarzos, evaluando los pasos de los ríos El Bale, San Antonio, San Antonio, Cobre y Lirí.
Cuando llueve, el peligro se multiplica. Los ríos crecen y no hay puentes ni protección. Edilberto Sánchez lo sabe bien: “Ojalá sea una realidad ese puente y se cumpla”, dijo. Los más afectados siempre son los niños, que arriesgan la vida para llegar a la escuela.
Actualmente, en Ñürüm se han identificado 17 pasos peligrosos que requieren puentes seguros, pero hasta ahora solo cinco han sido aprobados y están en proyecto. Esta iniciativa forma parte de un plan mayor del Gobierno para construir 50 puentes tipo zarzo en la comarca Ngäbe-Buglé, con una inversión de más de 18 millones de dólares.
“En la primera parte de los 50 puentes que se van a iniciar se van a impactar 30 escuelas”, señaló Josué Pedrol, dirigente comunitario.
“Sigue siendo una necesidad hasta ahora porque no han sido atendidas estas situaciones. El distrito de Ñürüm tiene la parte norte que llueve mucho y son ríos caudalosos, pasos que uno no se imagina pero representan riesgos para estudiantes y docentes”, recalcó Pedro Camaño, alcalde de Ñürüm.
Ana Cecilia y Ana Visney, hermanas, procuran que sus pequeños viajen siempre a la escuela juntos y se cuiden entre ellos.
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El abandono histórico se refleja en los números: el 60% de las muertes por ahogamiento corresponde a niños y niñas de entre 5 y 12 años, principalmente estudiantes de primaria.
En estas comunidades apartadas, la pobreza no solo se mide en ingresos. Cada crecida expone la falta de infraestructura básica, un derecho que debería ser garantizado. Mientras el resto del país avanza, miles de familias siguen aisladas, arriesgando la vida para estudiar, buscar sustento diario o recibir atención médica.
La ausencia del Estado se siente en cada cruce improvisado y en cada niño que enfrenta la corriente para llegar a clases. Porque aquí, más que desarrollo, lo que se exige es dignidad y oportunidades para sobrevivir.