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Panamá/En Panamá, la pobreza no golpea a todos por igual. Tiene rostro, edad y territorio. Y ese rostro, en muchos casos, es el de un niño. De acuerdo con el estudio “Pobreza infantil en Panamá: un abordaje territorial de la pobreza monetaria en la niñez y la adolescencia”, elaborado por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef, por sus siglas en inglés), el Banco Mundial y el Ministerio de Desarrollo Social, al menos 482,033 niños, niñas y adolescentes viven en condición de pobreza en el país, una cifra que refleja una realidad persistente y profundamente desigual.
En términos proporcionales, uno de cada tres menores de edad vive en pobreza, mientras que uno de cada seis enfrenta pobreza extrema. La brecha es clara: la pobreza infantil supera en 13 puntos porcentuales a la pobreza en la población total, lo que evidencia que la niñez sigue siendo el grupo más vulnerable dentro de la estructura social panameña .
No todos los niños enfrentan el mismo nivel de riesgo. La evidencia muestra que la mayor incidencia de pobreza se concentra en la primera infancia, especialmente entre los 0 y 6 años, donde se registran niveles más altos que el promedio nacional. Este dato no es menor, pues es en esa etapa donde se define gran parte del desarrollo físico, cognitivo y emocional. Crecer en pobreza desde esos primeros años no solo limita el presente, también condiciona el futuro.
La pobreza infantil en Panamá tiene un fuerte componente territorial. No es lo mismo crecer en la ciudad que en una comarca indígena. En regiones como Ngäbe-Buglé, Guna Yala o Emberá-Wounaan, las cifras son alarmantes: más del 80% de los niños viven en pobreza, y más de la mitad en pobreza extrema . En contraste, provincias con mayor desarrollo presentan niveles significativamente más bajos.
Las diferencias no solo se dan entre provincias, sino dentro de ellas. En Veraguas, por ejemplo, la pobreza infantil alcanza 15.7% en el distrito de Santiago y 78.7% en el distrito de Santa Fe. Esta desigualdad interna revela que el problema no es uniforme, sino altamente focalizado.
Las cifras muestran una realidad contundente: la niñez indígena enfrenta niveles de pobreza que duplican o incluso cuadruplican los del resto del país . Además, el 60.7% de los niños en pobreza extrema pertenece a pueblos indígenas, a pesar de representar una proporción mucho menor del total de la población infantil. La combinación de factores —territorio, acceso limitado a servicios, condiciones económicas y exclusión histórica— crea un círculo difícil de romper.
Otro elemento clave es el tamaño del hogar. La relación es directa: a mayor número de niños en una familia, mayor es la probabilidad de caer en pobreza. Los estudios revelan que:
Esto ocurre porque los ingresos deben repartirse entre más personas, reduciendo el ingreso per cápita y aumentando la vulnerabilidad. También plantean factores laborales y educativos: La baja calidad del empleo y el bajo nivel educativo de los adultos del hogar limitan los ingresos familiares. Así como, desventajas territoriales, porque las poblaciones indígenas enfrentan desventajas acumuladas por su ubicación geográfica y la falta de servicios.
La pobreza es un problema que se agravó tras la pandemia. Aunque Panamá logró reducir la pobreza durante años, el deterioro más fuerte se registró después de 2019, con un impacto significativo reflejado en 2021, cuando las cifras empeoraron tras la pandemia. La recuperación ha sido más lenta para la niñez, lo que confirma que este grupo resiente más los efectos de las crisis económicas.
Según la serie histórica (2005–2023) presentada en el informe, el año con la mayor incidencia de pobreza general en Panamá fue 2006, alcanzando un 38.3%. En cuanto a la pobreza extrema, ese mismo año también registró el punto más alto con un 22.2%. Desde entonces, la tendencia ha sido generalmente descendente, aunque se ha estancado en años recientes
Sobre estos estudios, la ministra de Desarrollo Social, Beatriz Carles de Arango, señaló que representa un "insumo técnico de alto valor para fortalecer la formulación y ejecución de políticas públicas dirigidas a la protección y el desarrollo integral de la niñez en Panamá. Destacó que la evidencia presentada permite comprender con precisión la magnitud de la pobreza infantil, así como las brechas territoriales y sociales que persisten, especialmente en zonas rurales e indígenas".
Mientras que, Sandie Blanchet, representante de Unicef en Panamá indicó que “la pobreza afecta negativamente el desarrollo cognitivo, físico y emocional de los niños y no se limita a la falta de ingresos. Se traduce en menos oportunidades, menor acceso a servicios de calidad y mayores barreras para el desarrollo integral de los niños, niñas y adolescentes que crecen en pobreza. Panamá necesita mejorar y proteger la inversión pública e incrementar la inversión privada en la niñez para romper los ciclos intergeneracionales de pobreza y desigualdad que hoy limitan el crecimiento del país”.
Por su parte, Juan Pablo Uribe, director de División del Banco Mundial para Centroamérica y la República Dominicana, considera que “mejorar la focalización de las ayudas económicas es una inversión estratégica en capital humano. Asegurar que la niñez que más lo necesita reciba apoyos oportunos desde la primera infancia es clave para desarrollar las habilidades que sostendrán la productividad, el empleo y el crecimiento del país en el largo plazo”.
Y es que, los informes elaborados por la Unicef, el Banco Mundial y el Mides, no solo describen el problema, también plantean soluciones concretas:
Además, se insiste en que las políticas deben considerar factores como el tamaño del hogar, la edad de los niños y la ubicación geográfica para ser más efectivas.
Vea aquí el estudio: