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Mientras la atención internacional se concentraba en la ofensiva militar de Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, un fenómeno aparentemente trivial volvió a captar la curiosidad de analistas y usuarios en redes sociales: el llamado “pizzómetro del Pentágono”, una teoría informal que resurge cada vez que Washington entra en fase de máxima tensión estratégica.
En las horas previas a la operación, usuarios detectaron un aumento inusual en los pedidos de pizza en establecimientos ubicados cerca de edificios clave del poder estadounidense, como el Pentágono, la Casa Blanca y el Departamento de Defensa. Uno de los focos de atención fue Pizzato Pizza, un local nocturno situado a poca distancia del Pentágono, que registró un pico repentino de pedidos alrededor de las dos de la mañana, una franja horaria poco habitual incluso para restaurantes abiertos toda la noche.
La teoría parte de una premisa simple: cuando los equipos de seguridad nacional de Estados Unidos afrontan situaciones críticas, el trabajo se intensifica y las jornadas se prolongan sin margen para abandonar el puesto. En ese contexto, la comida rápida se convierte en una solución práctica, y la pizza, por su facilidad y rapidez, suele ser la opción dominante.
Así, un aumento repentino de pedidos en zonas estratégicas se interpreta como una señal indirecta de alerta máxima, una especie de termómetro informal de crisis geopolítica que no figura en ningún manual oficial, pero que ha sido observada de forma recurrente durante décadas.
Lejos de ser una ocurrencia moderna de redes sociales, el pizzómetro tiene antecedentes históricos. Durante la Guerra Fría, los servicios de inteligencia soviéticos llegaron a vigilar los movimientos de repartidores de pizza en Washington como un método alternativo para medir el nivel de actividad en agencias clave de seguridad nacional.
El episodio más citado se remonta a 1990, cuando varios locales detectaron un incremento notable de entregas en edificios vinculados a la CIA poco antes de la invasión de Kuwait por parte de Irak, preludio de la Guerra del Golfo. A este tipo de observación informal, los soviéticos la denominaron “Pizzint”, una combinación de pizza e intelligence.
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Con el paso del tiempo, la narrativa se ha reforzado con nuevos episodios. En 1998, durante el proceso de destitución del presidente Bill Clinton, se registró un fenómeno similar. Más recientemente, en abril de 2024, un pico de pedidos coincidió con el ataque iraní con drones sobre Israel, lo que volvió a disparar la conversación digital.
El pasado viernes 2 de enero, en horario estadounidense, se registró nuevamente un incremento en los pedidos de pizza procedentes de oficinas gubernamentales. La actividad se concentró en establecimientos próximos al Pentágono y otras sedes federales, coincidiendo con el avance de la operación militar en Venezuela.
Un usuario de X viralizó una captura de Google Maps que mostraba la actividad en tiempo real de varios restaurantes. En ella, Pizzato Pizza aparecía saturado alrededor de las 18:00 hora local, evidenciando una demanda muy por encima de lo habitual. Situaciones similares se detectaron en cadenas como Papa John’s, donde locales cercanos al Departamento de Defensa registraron incrementos de pedidos de hasta un 770%, según el tuit que difundió la información.
En contextos de alta tensión, desde la Guerra del Golfo hasta conflictos recientes en Oriente Medio y América Latina, la pizza ha funcionado como un símbolo informal de alerta, un indicador cotidiano de que algo relevante se está moviendo tras puertas cerradas.
La ofensiva de Estados Unidos en Venezuela y la detención de Nicolás Maduro no solo reconfiguraron el tablero político regional, sino que también devolvieron protagonismo a esta peculiar teoría, donde un plato aparentemente inofensivo vuelve a ser interpretado como una señal de que, cuando el poder entra en crisis, ni siquiera hay tiempo para cocinar.