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La cocina peruana ya no es solo un fenómeno global de sabores, texturas y experiencias; es también un campo de batalla historiográfico donde se dirime el lugar de la mujer y su importancia más allá de la transmisión de saberes ancestrales. Así lo han demostrado Maritza Villavicencio y Ronald Arquiñigo, dos investigadores peruanos que, de la mano de la embajada de su país, llegarán a la Feria Internacional del Libro de Panamá, que se realizará del 25 al 30 de agosto en el Centro de Convenciones Atlapa, para presentar sus obras más recientes.
Villavicencio, historiadora con más de cuatro décadas de trayectoria, desembarca con Mujer, poder y alimentación en el antiguo Perú, un libro que, según explica en una entrevista exclusiva para este medio, nace de una pregunta incómoda: “Se habla de la papa, del maíz, del impacto mundial de los alimentos peruanos, pero nadie habla de quiénes los elaboraban ni de quiénes los convirtieron en alimentación”. Su respuesta, tejida a lo largo de cuatro capítulos, es contundente: fueron las mujeres.
Lejos de la imagen contemporánea que relega la cocina a un espacio doméstico y menospreciado, Villavicencio sostiene que en el Tahuantinsuyo y en las culturas precedentes la mujer era un eje de poder. “No solamente fueron las creadoras de la papa, también fueron genetistas, conservadoras de tubérculos mediante la deshidratación —el chuño— y administradoras de los grandes depósitos de alimentos, las colcas”, afirma la autora.
Uno de los hallazgos más reveladores de su investigación es la existencia de las acllahuasi o “mujeres escogidas”, instituciones que los cronistas españoles malinterpretaron como simples sirvientas. Villavicencio las reivindica: “Eran poderosísimas. Administraban la seguridad alimentaria del imperio, preparaban los alimentos para los festines ceremoniales y también producían textiles, otro espacio de poder”. Estas mujeres, añade, heredaban bienes y oficios en líneas paralelas —las mujeres heredaban a las mujeres—, lo que evidencia una sociedad organizada en torno a la complementariedad de género, no a la subordinación.
La autora también subraya la dimensión sagrada: en el mundo andino, las diosas son siempre “nutridas”. “La primera leche es la materna, la tierra es femenina, la luna es femenina. Somos alimento desde el comienzo de la vida”, sentencia, vinculando el cuerpo femenino con la propia reproducción social.
Por su parte, Ronald Arquiñigo, autor de Los valores de la tradición culinaria peruana, recoge el relevo de esa memoria femenina, pero la extiende al presente. Su libro, explica, es un viaje por las regiones más recónditas del Perú para escuchar las voces de quienes cocinan a diario: “Cada plato cuenta una historia, representa el sentir, los imaginarios, la relación entre el hombre y la naturaleza. Y esos saberes se transmiten oralmente, especialmente por las mujeres: abuelas, madres, tías”.
Arquiñigo recuerda que, durante la colonia, la chicha de jora fue perseguida por los españoles porque competía con el vino y porque “promovía desórdenes espirituales”. Las mujeres que la elaboraban fueron golpeadas, multadas y sus vasijas fueron rotas. Sin embargo, resistieron: “Hay datos históricos de mujeres que marcharon, que exigieron el respeto a sus tradiciones”. Para el investigador, ese gesto de rebeldía sigue vivo hoy en los comedores populares, los mercados y las picanterías, donde las mujeres lideran la economía familiar y la seguridad alimentaria.
Ambos autores coinciden en un punto crucial: la cocina ha sido, durante siglos, un espacio de empoderamiento femenino, aunque la visión occidental y colonial lo haya ocultado. “Lo que hoy vemos con desdén (la mujer en la cocina) en el pasado era un poder político, económico y religioso”, subraya Villavicencio. Arquiñigo añade: “No podemos reducir la cocina a una técnica; es un acto de resistencia y de construcción de comunidad”.
El diálogo entre los dos libros es inevitable. Mientras Villavicencio excava en el pasado prehispánico para restaurar la memoria de las ñustas y las coyas, Arquiñigo registra el presente de las cocineras anónimas que mantienen viva esa herencia. Juntos, construyen un puente entre la arqueología de género y la antropología culinaria, y colocan a Panamá como escenario de este reencuentro latinoamericano con su propia identidad.
Los autores estarán presentando sus obras en la FIL Panamá en dos fechas clave:
Martes 25 de agosto, a las 4:10 p. m., en el Salón Las Lagunillas, con la presentación de Maritza Villavicencio.
Miércoles 26 de agosto, en el mismo espacio, Ronald Arquiñigo compartirá los detalles de su investigación.